Tu trabajo no tiene que hacerte feliz

24.09.2026

Por Andrea Geymonat

Pasamos una parte enorme de nuestra vida trabajando y lo que sucede ahí no queda encerrado entre la hora de entrada y la hora de salida.

Un conflicto puede acompañarnos hasta casa, una mala conversación puede cambiar nuestro humor durante horas, un liderazgo que lastima puede hacernos escuchar el despertador deseando tener una excusa para no levantarnos.

El trabajo importa demasiado como para que una empresa se desentienda de la experiencia que genera, pero de ahí a hacerla responsable de nuestra felicidad hay una distancia importante.

Una cosa es responsabilidad y otra es expectativa.

La línea de la responsabilidad

Una organización tiene responsabilidades concretas sobre el bienestar de las personas que trabajan en ella. Tiene que ofrecer condiciones dignas, revisar las cargas que impone, los recursos que brinda, la claridad de los roles, la forma en que se toman decisiones y el modo en que se ejerce la autoridad, intervenir cuando una práctica, un proceso o una persona están generando daño evitable.

No alcanza con decir que cada uno es responsable de su bienestar cuando el sistema obliga a trabajar permanentemente al límite, cuando pedir ayuda tiene consecuencias o cuando alguien tiene que soportar un liderazgo que no es coherente, justo ni consciente.

No alcanza con decir "acá cuidamos a la gente" porque hay café y fruta a discreción y decretar bienestar, cuando una persona que necesita cambiar su horario por el motivo que sea se siente nerviosa al pensar en hacer el planteo o pedir un permiso.

Tampoco funciona al revés.

Que una organización tenga la responsabilidad de construir condiciones que favorezcan el bienestar no significa que pueda garantizar cómo cada persona va a vivirlas, qué decisiones va a tomar o qué lugar va a darle al trabajo dentro de su vida.

Mucho menos puede garantizar felicidad.

Esperar que lo haga coloca sobre el trabajo (y la empresa) una responsabilidad que por sí solo no puede cumplir.

La vida no termina en la empresa

Podemos esperar que una pareja nos haga felices, que nuestra familia nos haga felices, que nuestro trabajo nos haga felices.

He estado pensando cómo esa expectativa aparece, al menos durante mi vida, en películas, en canciones, en libros, en la forma de expresarse de la gente.

Son frases como "Las luces te guiarán a casa y encenderán tus huesos, y yo intentaré arreglarte" (Fix you, Coldplay) o "Tú eres la única razón por la que me levanto por la mañana" (Yo antes de tí).

¿En cuántas películas de Disney la princesa recién es feliz cuando la rescata el príncipe?

Todas las declaraciones de amor o propuestas de matrimonio hollywoodenses son del estilo "quiero hacerte feliz".

En todos los casos estamos poniendo afuera algo sobre lo que solo nosotros tenemos responsabilidad. Y más importante aún: poder.

Eso no significa que dé lo mismo cómo nos trate una pareja, qué vínculos construya nuestra familia o qué condiciones genere una empresa.

El contexto importa, los otros importan.

Algunas relaciones amplían nuestras posibilidades y otras las restringen enormemente, pero nuestra capacidad de actuar no desaparece

En particular el trabajo puede ser una fuente importante de sentido, desarrollo, vínculos, reconocimiento y contribución, puede ayudarnos a descubrir capacidades que no conocíamos y permitirnos sentir que lo que hacemos aporta algo valioso. También puede ser (y es, de hecho) una parte de una vida mucho más amplia.

La empresa puede ayudar a que encontremos sentido en nuestra contribución, pero no debería apropiarse de nuestro propósito ni convertirse en la única fuente de identidad, pertenencia o realización.

Un foco importante sí, pero no el único.

Una experiencia que debe ser positiva, pero que se construye en conjunto y que, como la vida misma, es la suma de nuestras decisiones diarias.

La corresponsabilidad no reparte culpas

Algunas conversaciones sobre bienestar terminan llevándonos a dos extremos.

Cuando ponemos todo el foco en la responsabilidad individual, podemos culpabilizar a quien está sufriendo por no saber gestionar mejor lo que le pasa.

Cuando ponemos todo el foco en la organización, podemos quitarle a la persona capacidad de acción sobre su propia vida.

No necesitamos elegir entre una cosa y la otra. La corresponsabilidad parte de reconocer que existen responsabilidades diferentes al mismo tiempo.

Si una persona está desbordada porque la carga de trabajo es imposible, puede pedir ayuda, expresar lo que está ocurriendo, buscar alternativas o tomar decisiones dentro del margen que tiene.

Tiene capacidad de acción dentro de un margen: tiene responsabilidad.

Si una empresa espera resultados de determinado nivel, debe generar el contexto necesario para que esos resultados sean alcanzables. Las personas del equipo no pueden modificar por sí solas la conformación, los objetivos, los plazos ni las prioridades de la empresa.

La empresa tiene autoridad: tiene responsabilidad.

Si la empresa no cambia aquello que debería cambiar, la persona sigue enfrentando una pregunta propia: qué puede hacer frente a esa realidad.

No siempre podrá cambiar inmediatamente la condición que le genera malestar. Las alternativas reales dependen del contexto y pueden ser muy limitadas.

Y entregar completamente el poder de construir la propia vida a que otro cambie primero también tiene un costo.

Lo que te corresponde y lo que esperás

Por eso me parece importante separar dos conversaciones: qué le corresponde a la organización y qué se llega a esperar de ella. No son necesariamente lo mismo.

Puedo esperar reconocimiento y estar eligiendo trabajar en una organización que tiene prácticas injustas que necesita revisar.

Puedo esperar oportunidades de crecimiento y descubrir que nunca conversé sobre qué significa crecer para mí.

Puedo esperar sentir propósito y estar buscando que una empresa me entregue una respuesta que también necesito (y debo) construir fuera de ella.

La diferencia importa porque cambia dónde podemos actuar.

Una empresa necesita mirar con honestidad qué está produciendo su sistema en la vida de las personas y cada persona necesita poder mirar con la misma honestidad qué parte de su bienestar está colocando en manos de algo o alguien externo.

Ninguna de esas preguntas libera a la otra parte de su responsabilidad.

Nos permite dejar de discutir quién tiene la culpa y empezar a distinguir quién tiene capacidad de intervenir sobre qué.

El trabajo no tiene que hacerte feliz, sí tiene que ofrecer condiciones que no hagan del sufrimiento evitable una parte normal de trabajar.

Y cada uno de nosotros tiene una responsabilidad que ninguna empresa puede asumir: construir una vida en la que el trabajo pueda aportar bienestar, sentido y desarrollo sin convertirse en el único lugar del que dependen.



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