La motivación no es el problema
Por Andrea Geymonat
Se me está haciendo muy común recibir solicitudes de cotización, reunirme con la empresa y escuchar, palabras más, palabras menos, algo como "No hay motivación, no hay compromiso, no se hacen bien las cosas, no le ponen ganas. Queremos hacer un taller de motivación".
¿Te suena?
Yo sé que para quien está dentro de la empresa, se siente como una situación única. Para mí, después de varios años acompañando empresas, es ver un patrón más que repetido.
Me están mostrando un síntoma, y cuando les pido que me cuenten sobre los procesos (que no hay), y los líderes (que no existen como tal), y los roles (que no están), les confirmo que su patrón, es el mismo que el de muchas otras empresas.
La buena noticia, es que se puede mejorar.
Pero tengo que ser honesta. No estoy para facturar a toda costa. Estoy para acompañar el verdadero cambio. Para generar impacto verdadero. Para sumar valor.
Yo puedo ir, facilitar un taller precioso, generar conversaciones, hacer dinámicas, cerrar muy inspiradoramente.
Si detrás de esto, no hay una mejora del diseño, el lunes, no cambió nada.
Cuando el compromiso aparece sin que nadie lo pida
Durante una clase del programa Gestión Humana para Líderes, una participante compartió una historia que nos hace ver esas "cosas raras" de la motivación muy claro.
Estamos en un supermercado de barrio, de esos donde los clientes no son solo clientes, son vecinos.
Se acercaba el Día del niño y surgió una propuesta: decorar el local, preparar bolsitas con caramelos, repartirlas a los niños que llegaran ese día y también por el barrio.
Nadie lo impuso. No había un premio económico. No se prometieron beneficios.
Simplemente ocurrió.
Los colaboradores se organizaron, colaboraron y participaron con entusiasmo.
Hubo iniciativa, aporte de ideas y tiempo que sabían que no se iba a remunerar.
Mientras la escuchaba, pensé en la cantidad de veces que escuché decir que "la gente ya no tiene ganas de trabajar".
Porque ese mismo equipo también tenía diferencias, cansancio, días complicados, conflictos y conversaciones difíciles (esas historias también las contó).
Como cualquier otro.
Y, sin embargo, cuando apareció un motivo que los conectó con algo más grande que la tarea cotidiana, el compromiso y la motivación aparecieron de forma natural.
Entonces la pregunta deja de ser si estaban motivados.
La pregunta es qué hizo que, justamente ese día, quisieran involucrarse.
Lo que un taller sí puede hacer (y lo que no)
Y ahí es donde tenemos que entender la utilidad de los talleres de motivación (o de cualquier otro tema).
No es que digo que no sirven.
Al contrario, disfruto profundamente facilitándolos y son una herramienta poderosa.
Pero también sé que un buen taller no puede cargar sobre sus hombros la responsabilidad de resolver problemas que pertenecen al diseño de la organización.
Un taller puede emocionar.
Puede inspirar.
Puede abrir conversaciones.
Puede ayudar a mirar distinto.
Pero si el lunes las personas vuelven a encontrarse con los mismos procesos confusos, los mismos liderazgos ausentes, las mismas decisiones incoherentes y la misma falta de sentido, esa motivación dura muy poco.
Y no porque el taller haya sido malo.
Porque "la falta de motivación" nunca fue el problema.
La motivación nunca aparece por casualidad
En las empresas se tiende a hablar de motivación como si fuera una cualidad de las personas.
Como si algunos la tuvieran y otros no.
Pero la cancha nos muestra otra cosa.
La motivación no es un botón en la nuca de la persona, ni la impongo con una varita mágica de "te decreto motivado".
Aparece cuando las personas sienten que lo que hacen importa.
Cuando entienden para qué trabajan.
Cuando pueden aportar.
Cuando encuentran espacios donde sus ideas cuentan.
Cuando forman parte de algo que también las representa.
Por eso cada vez que una organización me pide "un taller de motivación", antes hago muchas preguntas.
¿Quiénes son los líderes?
¿Cómo lideran sus equipos?
¿Existen procesos de trabajo?
¿Las responsabilidades están bien definidas?
¿Cómo toman decisiones?
¿Qué conversaciones están evitando?
¿Cuáles son los problemas comunes?
¿Cómo reconocen los logros?
¿Qué lugar tiene el aprendizaje cuando alguien se equivoca?
¿Qué propósito une a las personas más allá de cumplir un horario?
Porque si no respondemos esas preguntas, nos seguimos quedando con el síntoma como problema.
Mirar más allá del síntoma
Desde hace un tiempo empecé a mirar estas situaciones a través de un modelo que hoy llamo VIDA.
Y descubrí que la motivación, así como el bienestar y los resultados, rara vez depende de una sola cosa.
Depende de los vínculos que construimos.
De la infraestructura que sostiene el trabajo.
De las oportunidades de desarrollo.
Y del liderazgo que habilita, acompaña y da sentido.
En definitiva, depende mucho menos de "motivar personas" y mucho más de construir organizaciones donde valga la pena comprometerse.
Quizás por eso ya no me convence demasiado la pregunta de cómo motivar a un equipo.
Prefiero otra.
¿Qué organización estamos construyendo para que las personas quieran dar lo mejor de sí?
Porque las personas no necesitan que alguien las motive permanentemente.
Necesitan encontrar razones para sentirse parte de algo que merezca su compromiso.
Si en tu organización aparecen síntomas como falta de compromiso, conflictos o desinterés, quizás sea momento de mirar más allá de la superficie. Charlemos.

