El poder de la inteligencia emocional
Por Andrea Geymonat
Después de un momento difícil de mi vida, esos momentos de tocar fondo, debí, obligadamente, ponerme a mí misma en revisión profunda. Fue un camino de evolución emocional, que todavía transito, porque nunca dejamos de aprender. En esa búsqueda de sentirme mejor, y soltar lo que hacía daño, mi evaluación estuvo vinculada con temas a los que hoy puedo ponerle título: asertividad e inteligencia emocional.
A nivel emocional, lo más importante que aprendí, fue a validar mis emociones. Mujer, mamá divorciada, emprendedora... sé que muchos se van a identificar con esto, nos ponemos el mundo al hombro y tenemos que poder con todo. Y como ese peso me estaba hundiendo, tuve que aprender a soltar. A permitirme ser "débil". A tener un día malo. A sentirme triste. Y a hacerlo sin culpa. A abrazar todas mis emociones de hecho, porque descubrí que se puede ser feliz, y al mismo tiempo, estar triste, o enojado, o cansado, o decepcionado. Nos han inculcado que hay emociones buenas y emociones malas. Pero no es así. Todas son válidas. Lo importante es saber que no soy mis emociones. Es algo que se transita, se aprende, y se sigue.
Mucho de esto, lo que entendemos sobre las emociones, tiene que ver con lo que en Coaching se determina como "creencias limitantes". Tendemos a dar por ciertas determinadas cosas, y nos cuesta abrirnos a otras posibilidades. Otra de esas creencias que tenía, que no me permitía ser totalmente asertiva, es el "yo soy así". Pero aprendí a conectar conmigo misma y a escuchar lo que los demás necesitan de mí o creen que debo cambiar. Esto no implica necesariamente validar lo que el otro dice, pero si procesarlo y revisar si en mi forma de ser, en mi conducta, en mi diálogo, no hay algo que sea capaz de mejorar. De esta manera me valido a mí misma, y me siento tranquila y segura al relacionarme con los demás, sabiendo que mi valor fundamental, es siempre la honestidad, sin ánimo de ofender.
A nivel personal, todo este aprendizaje (que es continuo) me ayudó a ser mejor mamá (espero), y a tener herramientas para orientar a mi hijo en este camino de maduración que ojalá, yo hubiera atravesado mucho más temprano en mi vida. Estar en control de mis propias emociones me ayuda a no perder perspectiva cuando mi hijo tiene una falta de conducta, a entenderlo mejor, a comunicarme mejor (¡a no perder la paciencia! y Dios sabe que siendo padres la necesitamos, y mucho).
Todas las personas somos seres complejos, y el entendimiento de como nuestras emociones nos afectan a nosotros mismos, nos ayuda a entender a los demás, y por lo tanto, a desarrollar relaciones más sanas, más tolerantes. ¿Por qué yo tendría el derecho de pedirle a una persona que no se enoje? Tenemos el derecho de sentir lo que sentimos. Nuevamente, todas las emociones son válidas. Pero nos repiten frases como esas desde que somos niños, y tenemos por tanto el desafío de aprender a comunicarnos de otra manera, a romper esos paradigmas. No tengo porque pedirle a otra persona que no se enoje, en cambio, sí soy responsable de expresarme sin ánimo de herir o enojar. Y desde luego, lo que sí puedo pedir, es que el otro me exprese como se sintió con mis palabras o mi conducta, y usar la retroalimentación para mejorar.
¿Cuántas veces le han dicho a una persona "no estés triste"? Cómo si estar triste fuera algo que no es bueno transitar. Porque de alguna manera, fuimos programados para reprimir las emociones "malas". No nos damos permiso de sentir lo que sentimos, sin prejuicio. Y por lo tanto, tampoco les damos ese permiso a los demás. Nos volvemos intolerantes y nos perdemos la oportunidad de sostener relaciones más significativas.
¿Cuántas veces les dicen a sus hijos (o a cualquier persona) "no llores"? Lo escuchamos toda la vida, por lo tanto es una frase natural. ¿Alguna vez la cuestionaron? Yo entendí que al decirle eso a mi hijo (especialmente siendo varón) le estaba quitando su derecho a expresar su emoción e indirectamente, lo que le comunicaba es que el llanto no está bien o no es útil. Desde ese momento, ya no le dije más "no llores". Solo lo abrazo, lo dejo llorar, espero que se calme, y le pregunto ¿por qué lloras? De esa manera le doy la oportunidad de expresarse y entender cómo puedo ayudarlo.
A nivel profesional, intento compartir este aprendizaje con los líderes con los que tengo la oportunidad de trabajar como consultora, para ayudarlos a crear ámbitos más positivos de trabajo, a ser más empáticos, a comprender mejor las relaciones entre las personas y sus desafíos. De la misma manera en que yo entendí la importancia de abrazar a mi hijo cuando llora, aliento a los líderes a "abrazar" las emociones de su equipo, a darles el espacio para que se expresen y entender qué información se puede obtener para encontrar una solución o una forma de mejorar. A veces, todo lo que una persona necesita para volver a su máximo potencial, es que lo dejen "llorar". Hace falta un líder muy asertivo y seguro de sí, para habilitar esos espacios, porque muchas veces, en esos espacios, se deben enfrentar con la crítica. Entonces, el líder es el primero que debe ejercer la asertividad y debe aprender sobre sobre sus emociones.
Daniel Goleman, en su libro "Liderazgo, el poder de la inteligencia emocional", menciona cuatro habilidades emocionales: Autoconciencia (autoconciencia emocional, la capacidad de entender y validar mis propias emociones), Conciencia social (la capacidad de tener empatía, de entender al otro, de entender como nos vinculamos), Autogestión (la capacidad de controlar nuestras propias emociones, de adaptarnos) y Gestión de las relaciones (la capacidad de gestionar los conflictos, de trabajar en equipo, de influir, de inspirar, de liderar).
¿Cuánto cambiaría nuestras vidas si este aprendizaje se incorporara en nuestra vida desde niños? Tenemos la oportunidad de generar esos cambios. Nunca es tarde para mejorar.

